La creencia que la felicidad es un derecho, ha tornado en no preparada a la generación más preparada
ELIANE BRUM
Periodista, escritora e documentalista.. Ganó más de 40 premios nacionales e internacionales de reportaje. Es autora de Coluna Prestes – O Avesso da Lenda (Artes e Ofícios), A Vida Que Ninguém Vê (Arquipélago Editorial, Prêmio Jabuti 2007) e O Olho da Rua (Globo).
E-mail: elianebrum@uol.com.br Twitter: @brumelianebrum
Al convivir con los más jóvenes, o con los que llegaron a la mayoría de edad recientemente o con los que están buscando a tientas llegar a ser personas grandes, me doy cuenta que estamos delante de la generación más preparada - y al mismo tiempo, la menos preparada. Preparados en términos de habilidades, no preparados porque no saben lidiar con frustraciones. Preparados, porque son capaces de utilizar las herramientas de la tecnología, no preparados porque desprecian el esfuerzo. Preparados porque conocen el mundo viajando protegidos. No preparados porque no se dan cuenta de la fragilidad de la vida. Y por todo esto es que sufren, sufren mucho porque se les enseña a creer que nacieron con el patrimonio de la felicidad. No se les enseña a crecer desde el dolor.
Hay una generación de clase media que estudió en buenos colegios, habla otros idiomas, ha viajado al extranjero y tuvo acceso a la cultura y la tecnología. Una generación que tuvo mucho más que lo que tuvieron sus padres. Al mismo tiempo, creció con la ilusión de que la vida es fácil. O que han nacido preparados y sólo falta que el mundo reconozca su genialidad.
Me he encontrado con jóvenes que esperan que el mercado de trabajo sea una continuación de sus hogares – donde el jefe sería un padre o una madre complaciente, que todo lo conceden-. Se les enseñó a pensar que se merecen todo lo que quieren. Y cuando esto no acontece - porque obviamente no acontece - se sienten traicionados, indignados con la "injusticia". Buena parte se malhumoran y desisten.
Como estos novatos recién llegados a la edad adulta fueron niños y adolescentes que ganaron todo sin tener que luchar por casi nada relevante, desconocen que la vida es una eterna construcción y que para ganar un lugar en el mundo es preciso remar mucho. Con ética y honestidad y no tirándose al piso o gritando. Como sus padres eran incapaces de explicárselo, será el mundo el que les anunciará una nueva –no muy divertida- noticia: “vivir es para los que se esfuerzan”.
¿Por qué una buena parte de esta nueva generación es así? Creo que ésta es una pregunta importante para cualquier persona que está criando a un niño o un adolescente en la actualidad. Nuestra generación ha estado marcada por la ilusión de que la felicidad es una especie de derecho. Y he sido testigo de la angustia de muchos padres para garantizar que sus niños sean "felices". Padres que hacen malabarismos para darle todo a sus hijos y protegerlos de todo peligro - sin esperar ninguna responsabilidad o reciprocidad de parte de ellos.
Es como que al nacer, sus padres se convierten inmediatamente en deudores. Para ellos, si sus hijos se frustran es sinónimo de fracaso personal. Pero, ¿es posible la vida sin frustraciones? Es importante que los niños entiendan en el proceso educativo las dos premisas básicas de la vida: la frustración y el esfuerzo. O que la falta y la búsqueda son las dos caras de un mismo movimiento. ¿Hay alguien que viva sin enfrentarse día a día con los límites tanto de su condición humana como de sus capacidades individuales?
Nuestra clase media parece pasar por alto el esfuerzo. Prefieren la genialidad. El valor está en el don, en aquello que nació con uno. Decir que "alguien se ha esforzado para llegar" es casi un insulto. Tener que trabajar duro para lograr algo, parece estar marcado con el sello de perdedor. Es “genial” el tipo que no ha estudiado, que pasó la noche en el club y que aprobó el examen de ingreso a Medicina. Esto demuestra la excelencia de los genes de sus padres. Esforzarse a lo sumo es algo para los niños de la clase C, que aún deben buscar su lugar en el mundo.
Nuestra clase media parece pasar por alto el esfuerzo. Prefieren la genialidad. El valor está en el don, en aquello que nació con uno. Decir que "alguien se ha esforzado para llegar" es casi un insulto. Tener que trabajar duro para lograr algo, parece estar marcado con el sello de perdedor. Es “genial” el tipo que no ha estudiado, que pasó la noche en el club y que aprobó el examen de ingreso a Medicina. Esto demuestra la excelencia de los genes de sus padres. Esforzarse a lo sumo es algo para los niños de la clase C, que aún deben buscar su lugar en el mundo.
Así como se suponía que era posible construir un lugar sin esfuerzo, hay una creencia menos fantasiosa: “es posible vivir sin sufrimiento”. Que el dolor inherente a toda la vida es una anomalía y como percibo en muchos jóvenes una especie de traición al futuro que debería estar garantizado. Los padres y los niños han pagado un alto precio por la creencia de que la felicidad es un derecho. Y la frustración un fracaso. Tal vez ahí hay una pista para entender la generación del "yo merezco".
Basta andar por este mundo para ser testigos de la cara de asombro y el dolor de los jóvenes al descubrir que la vida no es como la que sus padres le habían prometido. Expresión que pronto cambia a la de mal humor. Y lo peor es que están sufriendo terriblemente. Porque poseen muchas habilidades y herramientas, pero no tienen la menor preparación para lidiar con el dolor y las decepciones. No imaginan que vivir es también tener que aceptar limitaciones y que nadie, por muy brillante que sea, consigue todo lo que quiere.
La pregunta, como podría formularla Garrincha -el filósofo-, es la siguiente: ¿"Estos padres e hijos, acordaron que la vida iba a ser fácil"?. Con el pasar de los días la cuenta no cierra y el proyecto construido sobre humo desaparece sin dejar ninguna marca en la tierra. Ninguno descubre que vivir es complicado y cuando se crece o debería crecer, la condición humana, frágil, falla y el hechizo comienza a chocar contra las paredes de la realidad. Desde siempre se ha sufrido y más vamos a sufrir si no tenemos un espacio siquiera para hablar de la tristeza y la confusión.
Me parece que eso es lo que ha sucedido en muchas familias: “La felicidad es un imperativo”; y éste es el ítem principal del paquete completo que los padres supuestamente compraron para garantizar que sus niños sean considerados exitosos. ¿Cómo hablarles sobre el dolor, el miedo y la sensación de estar desencajado? No hay espacio para esto en la vida, no se puede hablar de los espasmos de crecer, dudando de su lugar en el mundo, porque eso sería un reconocimiento de una falla en el proyecto familiar basada en la ilusión de la felicidad y plenitud.
Cuando eso no se puede decir, se vuelve síntoma - ya que nadie está dispuesto a escuchar, porque escuchar significaría revisar y reconocer los errores - más fácil es callar. Y no por casualidad se calla con medicamentos a una edad más temprana y la necesidad de evitar la incomodidad de los niños que no se comportan de acuerdo con el manual. Así la familia puede tocar lo cotidiano sin que nadie precise mirar a nadie dentro de la casa.
Si los niños tienen derecho a ser felices simplemente porque están ahí ¿qué tipo de relaciones se puede entablar entre padres e hijos? ¿Cómo sería posible establecer un vínculo real con el sufrimiento, el miedo y las dudas?. Si la relación se basa en una ilusión, sólo se debe fingir.
A los hijos les cabe fingir felicidad –y cuando no la consiguen, pasan a exigir cada vez más (de todo), especialmente las cosas materiales, ya que son las más fáciles de alcanzar - y los padres deben ser capaces de fingir que tendrán la posibilidad de garantizarles la felicidad, lo que íntimamente saben que es una mentira que sienten en su propia piel todos los días. Es por los objetos de consumo que la novela familiar se ha desarrollado donde los padres hacen de cuenta que dan lo que nadie puede dar, y los niños simulan recibir lo que sólo ellos pueden buscar. Y por eso es preciso crear una nueva demanda para mantener el juego funcionando.
El resultado es padres y niños angustiados que van a convivir toda la vida, pero no se conocen. Y por lo tanto, están perdiendo una gran oportunidad. Todos sufren mucho en ese teatro de desencuentros anunciados. Y sufren más porque precisan fingir que existe una vida en la que se puede todo. Y acreditar que se puede todo es el atajo más rápido para alcanzar la frustración.
Cuando hablo con los jóvenes al borde de entrar a la vida adulta, con sus inmensas posibilidades y riesgos, es cuando me doy cuenta que necesitan mucho de la realidad. Con todo lo que la realidad es. Sí, asumir la narrativa de su propia vida es para aquellos que tienen coraje de asumirla. No es complicado, Usted va a tener competidores con habilidades iguales o superiores a las suyas, pero ¿por qué se debe cambiar aquello que se es?, busque su propia voz, elija una ruta salpicada de desvíos y sin la certeza de la llegada. Vivir con dudas es tener que responder por sus propias decisiones. Es con este ritmo con el que la gente llega a ser grande.
Sería muy bueno que los padres de hoy en día entendiesen que, tan importante como una buena escuela o un curso de idiomas o un Iphone, es decir de vez en cuando: "Has visto hijo, siempre podrás contar conmigo, pero esta lucha es tuya. " Tanto como sentarse a cenar y hablar de la vida tal como es: "Mira, mi día fue difícil" o "tengo mis dudas, me temo que estoy confundido" o "No sé qué hacer, pero estoy tratando de averiguar". Fingir que todo está bien puede significar que usted no confía en él y lo respeto, porque lo trata como un imbécil, incapaz de comprender la cuestión de la existencia. Es tan malo como subir el volumen del televisor tanto como para que nada de lo que pone en peligro el frágil equilibrio del hogar pueda ser dicho u oído.
Ahora, si los padres mintieron diciéndole al hijo que “la felicidad es un derecho y él se merece todo, simplemente por existir”, paciencia. No servirá de nada quejarse o estar de mal humor cuando entienda que tendrá que ganarse su lugar en el mundo sin ningún tipo de garantía. Lo mejor que puede hacer por él es enseñarle a que tenga coraje de elegir. Sea para optar por luchar por su deseo - o para descubrirlo -. De esa forma se abre la mano de él y no deberá culpar a nadie porque eventualmente fracasó, porque sin duda va a estar errado muchas veces. Y menos aún transferir a otros la responsabilidad de su fracaso.
Crecer es comprender que en el hecho de la vida aunque algo le falte, no lo hace más pequeño. Sí: la vida es insuficiente. Pero es la que tenemos. Y es mejor no perder tiempo sintiéndose desgraciado, porque un día ella se acaba.